29 de marzo de 2010

paisaje de pájaros

En la antigua fábrica de cervezas “El águila”, patrimonio de la arquitectura industrial madrileña, hoy restaurada, se expone la reconstrucción de el “Monumento a los pájaros” de Alberto Sánchez. La escultura es toda una época y un paisaje.
La época es la de aquel Madrid de finales de los años veinte del siglo pasado y su inquietud creativa y política. El paisaje es el del Sureste de Madrid, enfilado desde las arquitecturas fabriles e industriales del entorno de Atocha y de los raíles de su férrea estación- de la Compañía MZA- que veía el trasiego del transporte por ferrocarril desde Madrid a Zaragoza o a Andalucía, tumultuoso para la pequeña capital de entonces.
El eje que marcan las vías del tren va de la Glorieta urbana hasta Toledo, pasando por Vallecas. Desde el Café de Oriente los artistas, escritores e intelectuales jóvenes -de la Generación plástica de la Exposición del 25 y de la literaria del 27- y sus tertulias veían hundirse el nivel del suelo urbano, descendiendo la situación de los planos de paisaje a partir de la hondonada en la cual se sitúa el gran hangar de la estación: desde allí la luz de la llanura terráquea inundaba los ojos , dejando divisar un lejanísimo horizonte, sólo interrumpido por los cerros, el primero el de Almodóvar.
Este entorno y ese sesgo de la mirada se convertiría en un “site” para el paisajismo estepario español, que rompió con los paisajes aristocráticos desde el palacio de Oriente y hacia la Sierra, tomados en los fondos de Velázquez y el de los retratos de Goya: Alberto y Benjamín Palencia, con Maruja Mallo, Alberti, Lorca, el arquitecto Bergamín, Moreno Villa…etc descubrieron la estética de ese “antipaisaje” desértico, desde la fascinación por el conocimiento científico de su arcaica y remota geología, llena de marcas y señales desde el Cuaternario, huellas minerales y fósiles originarios de otros paisajes remotos, que quedaron en los estratos de los cerros, que el geólogo Sánchez Pacheco- Catedrático de la Universidad Central y miembro destacado de la Junta de Ampliación fde Estudios- bautizó como “testigos”, porque desde su presencia ancestral habían visto pasar la historia del territorio y de España, en ese caso resistiendo a la erosión de los arroyos y cuencas fluviales, que habían sido hoces y ya eran cauces secos, salvo al aproximarse al curso del Tajo en las proximidades de Toledo.
Para el cerro Almodóvar pensó nuestro escultor ese “Monumento a los pájaros”, que se perdió con la Guerra. Viajó a pequeña escala con él, de uno a otro lugar, siendo hoy reinterpretado y copiado al tamaño para el que había sido pensado: es un homenaje a los pájaros, un lugar para que se posasen, para que se anidasen; tiene los ritmos del vuelo de las aves, y es zoomórfico, pero también terráqueo, con el ritmo del paisaje de tierra, del “lugar” natural para el que fue pensado , de las curvas y las hoces.
Además podría tener mucho de humano y de femenino, respondiendo en buena medida a una visión de Alberto en plena tarde de canícula, creyendo que veía una bandada de pájaros posados y quietos sobre los sembrados rurales del campo vallecano, cuando de repente comenzó a ver erguirse los animales y eran ellos mujeres bajo su manto campesino oscuro y prieto, que él seguía viendo como alas recogidas. Es el monumento a la mujer-tierra-pájaro.
Pero puede ser también un homenaje al “franciscanismo” pagano , que vivió casi como religión la unión a la naturaleza, desde una estética y una ética anarquista de “tierra y libertad”- esta última estaría simbolizada en la naturaleza por el pájaro-, lema de la España vanguardista y progresista de aquel tiempo, que Alberto compartió y vivió.

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