26 de diciembre de 2010

Belenes y paisajes efímeros

Estaba escuchando un coro en una de esas iglesias de gran ciudad, de las que nunca abre en días normales. La música humana me había atraido al pasar por la calle, como canto de sirena que te arrastra de la marea urbana a lejanos sonidos de otro mundo: de otros tiempos más sosegados, - aunque no exactamente mejores - con Navidad preconsumista, en la cual la música sacra, con la melancólica armonía de los villancicos, era un divertimento común- especialmente para los niños-, antes y durante la Navidad: en las fiestas de los colegios, en las iglesias,en las casas, en los aguinaldos pedidos por las puertas, que en Galicia era "cantar las panxoliñas".
Estaba allí descansando en el banco de madera del trote callejero, de tienda en tienda, de compra en compra: mis pies lo agradecían y mis oídos también. Ya no se sentía el rugir de los coches.Los cantores adultos, incluso ancianos algunos, disfrutaban intensamente de su interpretación con caras y bocas entregadas al canto. El público les aplaudíamos con entusiasmo, y seguían cantando melodías navideñas norteamericanas, francesas, españolas, alemanas, inglesas... No se si lo hacían tan bien como a todos nos parecía, o eran los aplausos consecuencia de nuestro agradecimiento a quien dedica su tiempo con ardor a cantar para luego transmitir lo que cantaron miles y miles a lo largo de mucho tiempo, conservando la posibilidad de dejarnos hacer una parada en el tiempo y el ritmo de nuestra ajetreada vida.
Al coro y a la iglesia le acompañaba un Belén: uno de esos paisajes efímeros, cuyas figuras estereotipadas y accidentes naturales fingidos fueron objeto de un arte que vino de Italia, en especial de Nápoles, constituyendo su imaginería un arte menor sobre todo en el siglo XVIII, con la Roldana a la cabeza de las imagineras.
Pero este Belén estaba muy lejos de aquellos históricos "nacimientos" de conventos reales y palacios del pasado, aunque aún provocaba nuestra mirada a la búsqueda de los tópicos "sites" de los belenes de siempre: no faltaba el rio, tampoco el puente, ni el pozo,ni los pastores con su lumbre bajo el cielo raso, el rebaño de ovejas por aquí y por allá, los R.R.M.M. a lo lejos comenzando el camino, el ángel, la estrella, el del queso, la hilandera, la lavandera, la del agua. Enfin, faltar no faltaba casi nada, pero sí...¿Que era?. Ya sé: no había corcho, ni había musgo. El verde era artificial total y el corcho de las montañas peladas de aquel lejano país había sido sustituido por masas de papel estrujado, sobre el que se tambaleaba el robusto castillo de Herodes. Faltaba el noble material, pero una monja creativa había arrugado artísticamente metros y metros de papel de envolver, recreando relieves, promontorios, acentuados con toques de color, en un alarde de manualidad para tiempos de crisis; aunque no creo que tal mogollón les sirva para el año que viene, pienso que era lo más efímero de todo el conjunto. Eso sí: es material reciclable.
Salí a la calle, y en medio del "espídico" pasar de los coches, desde el cristal de atrás de uno de ellos me miraron los maravillosos ojos de mi hermana Enma vestida de novia, envuelta en montañas de tules - como las de papel del nacimiento que acababa de ver-,velada.
Caí en la cuenta entonces de que estaba en la iglesia neomudéjar en la que ella se había casado. Desde el más allá había vuelto para mirarme.¡Su mirada fue tan efímera...!

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